LA REVOLUCION DE LOS CANSADOS

LA REVOLUCION DE LOS CANSADOS

 

FICHA TÉCNICA

Título “La revolución de los cansados”

Género y Formato: Largometraje ficcional

Produccion ejecutiva: Sofía Magrin, Carolina Ambrogi 

Libro Original: Adrian Demasi

Guión: Sofía Magrin, Carolina Ambrogi 

 

STORY LINE:

Luego de perder a su esposa por un motivo absolutamente evitable, Pedro nos demostrará cómo un viejo es capaz, no solo de despertar a todo un pueblo que parecía dormido, sino también, de llevar a cabo esa revolución que en tiempos de juventud, su hijo pregonaba pero jamás llegó a realizar.

 

SÍNTESIS ARGUMENTAL:

El cartel oxidado de gasoil al costado de la ruta da la bienvenida junto al que rotula el nombre del lugar “Villa Elba”. Una estación de servicio con los contadores del surtidor roto y un pequeño quiosco con mesas de bar reciben a los viajeros con el pretencioso cartel “Drugstore San Cayetano”. El pueblo está rodeado por grandes extensiones de siembra de soja.

Una casa blanca, con un jardín delantero lleno de plantas algunas quemadas por la helada se destaca por el humo que sale de una chimenea.
En una habitación pequeña, con azulejos azules y un lavarropas en marcha, una boca exhala humo y una mano abanica la densa neblina del tabaco. El sonido de la radio ahora se escucha con más claridad, el relator interrumpe el relato de la carrera para enviar algunos mensajes que aconsejan el uso de una marca de ferti- lizante, van por la última vuelta y parece que el favorito esta vez no va a ganar. El ruido de una puerta abrirse rompe la tensión y hace que la mano reaccione y arroje el cigarrillo al suelo y un pie con zapatitos negros pise la colilla. El desodor- ante de ambiente inunda la pequeña habitación.

Clara (83), sale del lavadero. Pedro (84), entra a la casa. Después de un silencio y mientras Pedro deja las bolsas del súper en la mesa, Clara lo mira y le pregunta si consiguió todo. Pedro le miente y le dice que sí y para cambiar rápido de tema le pregunta si Juan José llamó. Clara responde algo para justificar a su hijo que hace más de un mes les había prometido una respuesta respecto del alquiler del campo y una pronta visita.

El diploma de agronomía de su único hijo adorna el living de la casa junto con el reloj de pie de cedro y unos platos de dudosa belleza.
La radio sigue prendida, Clara se aleja para no tener que continuar la charla y Pedro aprovecha para llamar por teléfono. La libreta que sirve de agenda está abi- erta al lado del teléfono desde hace años en la misma hoja. Pedro marca y lo atiende una máquina. Clara entra de nuevo en la habitación y se dispone a coci- nar, Pedro inventa un diálogo como si estuviera hablando con alguien. Clara pica un ajo. Sonríe triste por la tierna mentira de su esposo.

Juan José no llegó al funeral, un mensaje en el contestador dice que los vuelos en Londres se suspendieron por neblina, que viaja lo antes que pueda.

La casa está en completo silencio, los rayos amarrillos de la siesta entran apenas por la ventana. Pedro dormita en el sillón del living.

Se escuchan golpes fuertes en la puerta y la voz de Marino que le ruega que abra de una vez, que no aguanta mucho más apoyado en el andador.

La mesa del comedor, ahora sin mantel, sostiene una tabla con restos de salame. El tic tac del viejo reloj de pie que se escucha monótono de fondo. Marino y Perdo están sentados en las sillas de plástico

“_ vengate”, dice Marino luego de un silencio que parecía venir de toda la vida. “_ venga la muerte de Clara.” repitió borracho de alcohol y angustia. La vida en el pueblo sigue como si nada hubiera ocurrido. Las calles silenci- osas, los sonidos de los carteles movidos por el viento de fines de agosto que arrastran tierras y restos de cereales y pastos secos.

En la habitación de Juan José, Pedro ve las fotos de otros años, la familia reunida, su hijo en la universidad, los avioncitos con los que jugaba de chico y esa gorra verde colgada en la biblioteca, esa gorra de subversivo que él no podía ni ver. “_ vengate Pedro”, suena en la habitación.

Pedro maneja su rastrojero por las calles del pueblo que parece ver por primera vez.
Las casas abandonadas, vacías, los espacios que algunas vez fueron comercios y hasta el centro de salud hoy son estructuras vacías cayendo de a poco. Una familia de gitanos vecinos del pueblo se están mudando. Una vieja camioneta FORD rebalsa de muebles, la Gran Cheroke está estacionada al lado frente a la entrada del garaje.
Pedro entra a su casa con la misma bolsa de compras de siempre. La luz del contestador está encendida, es un mensaje de su hijo que le pregunta como está, se excusa porque no va a poder ir aun y le dice que se modernice de una vez y se compre un celular, que está cansado de repetirlo, “hoy todo son las comuni- caciones viejo, si no estás comunicado estás muerto”.
Se escucha un golpe seco, el motor de la camioneta se para y Pedro se queda inmóvil mirando fijo para adelante con cara de susto o sorpresa. Había embestido sin querer el cajero automático. Un playero joven se acerca y le pregunta si está bien. Pedro dice que sí y está por justificar o explicar lo que pasó pero lo interrumpe la sonrisa aprobadora del Pepe, un viejo vecino que pasa por ahí y que de alguna manera con esa sonrisa le agradece esa especie de pequeña venganza.
La puerta abierta de la habitación de Juan José enmarca la espalda de Pedro, que mira desde esta per- spectiva el cuarto de su hijo y esa boina verde. Recuerda la voz de Clara “_ no lo hace en contra tuyo, lo hace porque quiere que la gente esté mejor”. La luz de afuera se escurre entre las persianas de la ventana.
Marino y Pedro toman mates en el taller, la gran Cheroke está estacionada en un rincón del taller y sobre la fosa el rastrojero espera con el capot abierto. Marino le pregunta a Pedro de la foto. Pedro le dice que jamás se casó con Clara por iglesia, que ella quería pero él no. Y que tampoco viajaron nunca a ver la nieve.
Pedro mira los bidones de plástico de 20 lts que están debajo del banco de trabajo.
El pueblo de Villa Elba comienza a rumorear, en los televisores del Drugstor y el almacen el canal de aire de ciudad de Río Cuarto le dedica unos minutos a las noticias que vienen desde VIlla Elba. Las cosechadoras arruinadas por los líquidos que pusieron en los tanques de nafta, las ovejas y chanchos que entraron en los campos comiendo los brotes y rompiendo los silobolsas y hasta unas pintadas con aerosol en las oficinas de Agrototal con la leyenda “agromuerte”, “el cáncer sos vos”, “fumigame esta”.

La emoción de que el pueblo es noticia convoca a los vecinos que hace años no se veían.
Pedro sale de su casa a la siesta con unos bidones de 20 lts vacíos y sucios de gramilla en la parte de atrás del rastrojero. Carga gasoil en la estación. El playero mira los bidones. Desde ese punto vemos a Pedro entrar al drug- store. Habla con la cajera, Nancy. Un joven menudo de unos 17 años se asoma de atrás de la cortina de plástico del local y mira fijo a Pedro.

La escena se repite, y esta vez no solo el playero observa la situación sino que aprovecha a comentar con un cliente que está cargando nafta. Pepe, la ex estrella deportiva del pueblo, el mismo que lo vio chocar el cajero también está observando desde la silla de plástico que está fuera del local.

La próxima vez que Pedro sale con su rastrojero varios vecinxs salen de sus casa curiosas a ver pasar a Pedro en su rastrojero. Pedro los observa sin hacer gestos. Uno de los vecinos le hace una seña con la mano como de aprobación mientras la esposa le hace bajar el brazo de un codazo. Pedro sigue el recorrido como si se condujera un tanque en un desfile patrio.

Vemos la estación de servicio completamente vacía, a lo lejos se comienza a ver una columna de humo que crece rápidamente. Se escuchan ruidos de sirenas, murmullos y algunos gritos.
La Gran cheroke se aleja por la ruta. Vemos la estación de policía de frente. Afuera un grupo de personas mayores reclaman haciendo ruido con los bas- tones y andadores.

En la estación de servicio la televisión prendida sin público comunica que la empresa de agronegocio más importante del país “Agrototal” ha sufrido el peor golpe cibernético de la historia, luego de su sistema de comunicación fuera interferido y el circuito de ruta de todos los containers fueran repro- gramados.

El pibe de la Nancy sale de atrás de la cortina y con los brazos en la cintura se queda a mirar el informe.
Dentro de la comisaría, también se escucha la radio que se mezcla con el griterío de los viejos. En una celda pequeña y limpia Marino está sentado, esboza una sonrisa e inmediatamente comienza a reírse carcajadas.

Padro conduce la Gran Cheroke por la ruta bordeada de campos de soja rastrillados. En el tablero vemos la foto de clara abrochada al borde de plástico del reloj y un mapa viejo de la YPF con la ruta a Bariloche marcada con lapicera azul.

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